domingo, 11 de diciembre de 2016

Mantra

Mi infusión se llama Katmandú
y su color a tierra aguada 
se asemeja al de la capital nepalí,
he perdido las tres últimas horas
de mi vida en discutir por internet
y Katmandú me promete una sensación
de relajación y bienestar,
con tila, melisa, vainilla y
flores de girasol
pretende guiarme a un estado
de meditación
y decorar los oscuros recovecos
de mi cuerpo,
ambientar los oscuros recovecos
de mi mente,
vibra la mesa con otra notificación
y la mantequilla se unta 
nuevamente en el culo de
una aterrorizada María Schneider,
respiro profundamente,
me muerdo las ganas de rebatir sandeces,
respiro profundamente
los adornos no atenúan el 
sabor a hierbajo de la tila,
no me creo que tenga que debatir
sobre violación y consentimiento
en pleno 2016,
empiezan los ataques personales
y tengo ganas de untarle mantequilla a la diplomacia
pero un, dos, tres, cuatro, cinco, seis,
respiro profundamente 
y confío en el merchandising
de Katmandú,
la obstinación es la marca
de las mentes obtusas.
Y comienzan a notarse los efectos:
la educación de los
ignorantes prepotentes
no es mi responsabilidad.
Repite conmigo.



Ilustración de Catrin Welz-Stein

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